Gigantes de cartón que danzan historia en Pátzcuaro

En el corazón del tradicional pueblo michoacano de Pátzcuaro, cada noviembre se alza un espectáculo singular: las imponentes figuras de las llamadas mojigangas, que danzan alegremente por sus calles para anunciar la fiesta en honor a Fiesta de la Virgen de la Salud, el 8 de diciembre. Estas gigantes de cartón y carrizo no sólo son el preludio festivo de una celebración religiosa, sino verdaderos testimonios de tradición, identidad y memoria colectiva.

Aunque muchas narraciones atribuían esta costumbre al beneplácito de Vasco de Quiroga durante el periodo de evangelización, investigaciones recientes descartan que él fuera el instigador directo de las mojigangas en Pátzcuaro. Según el historiador Eugenio Calderón, los primeros ejemplares datan del siglo XVII y fueron creados por Francisco de Lerín para recaudar fondos destinados al templo del Sagrario en honor de la Virgen de la Salud. 

De acuerdo con el Museo Nacional de Culturas Populares, las mojigangas tienen sus raíces en la península ibérica —en “bojigangas” o farsas festivas— y fueron adoptadas en la Nueva España adaptándose a contextos religiosos y comunitarios.    Así, esta tradición en Pátzcuaro es un claro ejemplo de sincretismo: herencia hispánica de representación festiva combinada con expresiones locales de lo popular y lo comunitario.

¿Qué son exactamente las mojigangas?

Estas figuras monumentales pueden alcanzar los tres o cuatro metros de altura; están hechas con una estructura de carrizo o madera ligera, forrada de cartón y telas, con máscaras que permiten al portador moverse y bailar. 

Durante el mes previo a la fiesta —a partir de noviembre— salen puntualmente los domingos para “anunciar” la festividad patronal: recorren el centro histórico, las colonias, van acompañadas de música tradicional (“sones abajeños”, pirekuas) y recogen donativos para el pago de la banda, mantenimiento y para la misma tradición. 

Las mojigangas son mucho más que un desfile:

Son símbolos de identidad local: Al verla danzar, la gente reconoce que la fiesta se acerca, que el pueblo se moviliza. Como recuerda una crónica: “las mojigangas forman parte de nuestro entorno cultural”.  Representan un patrimonio vivo: No se trata sólo de conservar objetos, sino de mantener vivo un ritual, una práctica comunitaria que mobiliza generaciones. El Museo Nacional de Culturas Populares las describe como “gigantes de la tradición” porque su valor radica en quienes las crean, las cargan, las danzan y las mantienen.  Tienen un valor histórico y religioso: Al vincularse con la fiesta de la Virgen de la Salud —patrona de la zona—, las mojigangas marcan el tiempo litúrgico y social del pueblo. Además, colaboran con la transmisión de la memoria colectiva: la afirmación de que existieron desde el siglo XVII da cuenta de su arraigo. Impacto turístico y económico: Estas manifestaciones festivas generan atracción, dan visibilidad al pueblo, promueven la actividad artesanal, mantienen viva una economía local relacionada con la elaboración, el ensayo, el desfile.

A pesar de su tradición centenaria, las mojigangas han pasado por altibajos. Por ejemplo, algunas de las figuras originales del siglo XVII fueron destruidas o perdidas; se han tenido que recrear cabezas nuevas e incrementar los grupos en los años 80 para mantener el desfile vivo.

El reto radica en que las nuevas generaciones se involucren, que el conocimiento artesanal no se pierda, que las mochilas culturales comunitarias no se vacíen de significado al convertirse solo en espectáculo para visitantes. Como bien indica el Museo: la tradición es tanto las piezas como quienes las trabajan. 

En la vibrante celebración de las mojigangas de Pátzcuaro se leen varias capas de sentido: fiesta religiosa, identidad local, herencia cultural, participación comunitaria. Cuando la tortuga gigante, el moro, la guarecita y otros personajes danzan por las calles, no sólo anuncian la fiesta del 8 de diciembre; evocan siglos de memoria compartida y reafirmación de un pueblo que se reconoce en su alegría y en su historia.

La próxima vez que estas figuras enormes avancen entre la música, las calles adoquinadas y la multitud expectante, conviene detenerse a observar: es quizá la manifestación tangible de que una tradición —iniciada hace más de tres siglos— sigue viva, vibrante, y aún cuenta su historia.

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